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Gullit, Rijkaard y Van Basten: el legado holandés del Milán

Italia y Milán han vivido acompañada de la expresión «catenaccio«. Su fútbol siempre ha estado cuestionado y ligado a un término que ponía a la defensa y al orden por encima del ataque y la creatividad. El resultado por encima de todo. Así se forjó el primer gran Milán de Nereo Rocco y Cesare Maldini. Pero como en todas las historias existen ciertos giros de guion que generan anomalías o excepciones legendarias. El Milán de finales de los 80 y principios de los 90 fue una de ellas. Una anomalía, una historia, comandada por Arrigo Sacchi, liderada por una defensa legendaria y catapultada a los éxitos por el trío ofensivo holandés. Ruud Gullit, Frank Rijkaard y Marco Van Basten, una tripleta para la historia futbolística.

Y es que aquel Milán lo cambió todo. Antes el fútbol se veía desde otra perspectiva. La mayoría de equipos se dividían en la dualidad ataque o defensa. Antes de aquel Milán, el equipo italiano era un club que priorizaba siempre la defensa y mediocre sumando incluso dos descensos a Serie B. Pero llegó Sacchi y aterrizaron los holandeses para demostrar que un equipo puede ser completo y, que desde un orden defensivo, puede desencadenar mil maneras de atacar. Ese Milán puso las bases del fútbol moderno. Y es que desde la habilidad defensiva y táctica desplegaba un caudal ofensivo con multitud de recursos y formas de llegar al área y marcar gol. La defensa la lideraban Baresi y un jovencísimo Paolo Maldini, del ataque se encarga la escuela holandesa, los tres con un nexo en común antes de Milán: la capital del fútbol total, Ámsterdam.

Allí nacieron, y se criaron juntos, dos de nuestros protagonistas: Gullit y Rijkaard. Amigos de la infancia e hijos de inmigrantes de Surinam. Sus padres, también futbolistas, eran amigos y decidieron ir a Amsterdam buscando una mejor oportunidad de vida para ellos y sus futuros hijos. Los pequeños Frank y Ruud se criaron juntos siempre unidos a un balón por las calles de la capitál holandesa. Gullit, a los 16 años, decidió marcharse a Haarlem dónde le dieron la oportunidad de convertirse en el jugador más joven en debutar en la Eredivisie. Por su parte, Rijkaard continuó su joven carrera en la cantera del Ajax donde Leo Beenhakker le hizo debutar con el primer equipo a los 18 en 1980. El mismo Leo que ese año, se había fijado en un joven holandés que jugaba en el USV Elinkwijk de Utrech, y lo terminaría reclutando para la cantera del Ajax. Estamos hablando, claro, del Cisne de Utrech, Marco Van Basten.

Van Basten tardó dos años en debutar con el primer equipo del Ajax pero en un guiño del destino, el cisne salió al campo en sustitución de Johan Cruyff. El rey estaba cediendo su trono a la joven promesa. Y en ese partido, claro, Van Basten marcó su primer gol. A partir de ahí Van Basten explotó como goleador y comenzó a pulverizar cifras y estadísticas en Holanda. Consiguiendo la bota de oro y siendo nombrado por el mismísimo Johan Cruyff capitán del equipo con tan solo 20 años. El Cisne de Utrech se había hecho un nombre en Europa en un equipo que en defensa tenía Rijkaard y que rivalizaban con el todopoderoso Rudd Gullit que en Feyenoord y PSV se convirtió en el mejor jugador holandés del momento. Los tres se disputaban la Eredivisie y los dos, Marco y Gullit los premios individuales que se los repartieron esas temporadas.

En paralelo, en Milán se estaba formando algo. Con el equipo hundido en la mediocridad, sumado a un descenso administrativo por apuestas ilegales años atrás, el equipo de las siete Champions League necesitaba un milagro. El milagro llegó de la mano del dinero y del buen hacer de Silvio Berlusconi que, tras el enésimo fracaso del equipo, entró al poder en 1986. En su primera temporada el equipo quedó lejos del título en la primera división italiana (terminó quinto) y fue eliminado en Copa por un equipo que estaba disputando la Serie B, el Parma. Un club que estaba dirigido por Arrigo Sacchi. Ese partido jamás lo olvidaría Berlusconi y fue el desencadenante del mejor Milán de la historia.

Al finalizar el encuentro, el mandatario ‘rossonero’ preguntó a su ayudante: «¿Cómo se llama el entrenador del Parma?» «Arrigo Sacchi»- repuso-. «¿Arrigo qué?». Jamás se le volvería a olvidar ese nombre. Unos meses después Arrigo Sacchi aterrizaba en Milán y junto a él: Carlo Ancelotti, Marco Van Basten y, el fichaje más caro de la historia por aquel entonces, Rudd Gullit. Ese año se formaría una de las escuadras más legendaria de la historia del fútbol italiano. Y más tras la llegada, una temporada más tarde, del tercero en discordia: Frank Rijkaard. Los tres holandeses fueron el factor diferencial que distinguen a los grandes equipos de los legendarios. Junto a ellos pusieron el corazón, orden y compromiso gente de la casa como Paolo Maldini, Costacurta o Franco Baresi que formarían una defensa para la historia. Y así se creó uno de los equipos que mejor han jugado este deporte de la historia.

Gullit, Rijkaard, Van Basten y Carlo Ancelotti

Mas allá de todos los títulos que obtuvieron, en el recuerdo colectivo permanece ese fútbol fantástico, con conceptos pioneros y una filosofía de juego adelantada a su tiempo. La defensa en zona, la presión adelantada reduciendo el espacio del ataque rival con la famosa forma de tirar el fuera de juego al grito de la palabra Milán y la ocupación de los espacios en ataque marcaron la seña de identidad en un equipo surgido del cerebro de un genio de los banquillos: Arrigo Sacchi.

El entrenador italiano creó una escuadra totalmente coordinada, estructurada y donde el orden y la zona fueron los dos conceptos más importantes a la hora de definir al equipo. A partir de ellos, el tridente holandés dio el salto de calidad necesario con el despliegue táctico y técnico de un Rijkaard, que pasó del centro de la defensa al centro del campo de la mano de Sacchi y la amplitud de recursos ilimitados del genio ofensivo Gullit. Los dos acompañaban al mayor astro de los tres y del once, Marco Van Basten, que en Milán se convertiría en el mejor delantero del mundo, en uno de los mejores de la historia y seguramente en el más elegante de todos.

En aquella época el Milán, que rivalizaba con el Nápoles de Maradona, consiguió ganar un Scudetto y se coronó como rey de Europa dominando la competición de competiciones, la Copa de Europa, durante dos años consecutivos. El Milán de las dos Champions fue un rival temible. Pocas veces se vio a un equipo ganar la competición con tantísima superioridad como aquel. No fue derrotado y por el camino dejó dos de los partidos más recordados de la historia del club: la manita en las semifinales al Real Madrid de la Quinta del Buitre en su máximo apogeo y la goleada en la final ante el Steaua de Bucarest por cuatro goles a cero. Unos goles que se los repartieron entre Gullit y Van Basten como ya lo habían hecho en la final de la Eurocopa de 1988 con la camiseta de Holanda. En aquella mítica final donde Van Basten marcó el gol más impresionante de las finales europeas. Esa volea legendaria.

Gullit, Rijkaard y Van Basten posando con sus balones de oro.

Ese dominio arrollador del Milán, unida a la victoria de Holanda en la Eurocopa, posicionó a los tres holandeses en el olimpo de los dioses de este deporte. Gullit se llevó el primer balón de oro de los tres tras su gran temporada en 1987. Van Basten se llevó los dos posteriores, en 1988 y en 1989, y otro varios años más tarde y por su parte Rijkaard, un defensa reconvertido en mediocampista, se coló dos veces en el podio de los mejores. El culmen holandés llegó en 1988 donde los tres formaron el podio legendario en el balón de oro. Un legado holandés para la historia.

Tres leyendas para la historia del Milán

Gullit, Rijkaard y Van Basten.

Rijkaard fue un centrocampista completo para la época. En sus comienzos y hasta su llegada a Milán, jugaba en la posición de central en el Ajax. Fue Sacchi, viendo sus condiciones futbolísticas quien lo reconvirtió a centrocampista. Un cambió que provocó ver al mejor Rijkaard. Jugó en todas las posiciones del centro del campo, desde el pivote hasta la mediapunta y en todas destacó gracias a su despliegue físico, y sobre todo a su inteligencia táctica. Un jugador de equipo con una calidad indiscutible.

Gullit fue un centrocampista ofensivo, pionero en la posición de falso 9. Reunía todas las condiciones que debe reunir un 9, convirtiéndose en uno de los mejores delanteros del mundo sin ser, exactamente un delantero. El tulipán negro, así se le conocía, fue un todocampista con unas condiciones físicas impresionantes, con una gran llegada al área y con mucho gol. A eso se le unía su indiscutible liderazgo y una capacidad táctica mental por encima de la media que le hacía situarse siempre en el lugar y en el momento adecuado. Creaba y remataba. Lo tenía todo.

Van Basten fue otro nivel. El eterno 10, Diego Armando Maradona lo definió como Una máquina de goles que se rompió cuando estaba a punto de convertirse en el mejor de todos. Los logros del de Utrech lo sitúan en el panteón de leyendas aunque sin dejar una sensación eterna de lo que podría haber sido. Van Basten tenía la clase de un 10 y la definición de un 9. Era elegancia, técnica y velocidad midiendo 1,88 de estatura. Anotó una cifra impresionante de goles en las diez temporadas que disputó en la elite hasta que su tobillo, maltrecho desde muy joven, dijo basta en aquella mítica final de Champions League en 1993 ante el Olympique de Marsella. Un triste final para uno de los grandes genios que ha dado este deporte. Y uno de los mejores goleadores de la historia.

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