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Didi, el legado de la Elegancia

DIDI, el legado de la elegancia

Waldir Pereira (Campos dos Goytacazes, 1928-Río de Janeiro, 2001), más conocido como Didí, fue un futbolista y entrenador brasileño que jugaba como centrocampista, militó en clubes brasileños como el Fluminense y Botafogo; también en España vistió la camiseta del Real Madrid y fue parte de la histórica selección de fútbol de Brasil que conquistó los mundiales de Suecia 1958 y Chile 1962. 

Didí, es injustamente recordado en el imaginario futbolístico español como uno de los contados fracasos de Santiago Bernabéu en la gloriosa etapa del Real Madrid de las cinco copas de Europa. Por eso, y por patentar un disparo que pocos grandes lanzadores del planeta pueden hoy ejecutar: la “folha seca”. Pero para entonces, Didí ya era uno de los grandes jugadores del mundo y un mito en Brasil. Su nombre comenzó a sonar en Brasil por ser el jugador que anotó el primer gol en el estadio Maracaná en 1950. Su carrera comenzó a tomar vuelo por esos años cuando recaló en Fluminense. Allí empezó a mostrar los rasgos que le definieron durante toda su carrera: inteligencia en el campo, visión de juego, precisión en el pase y el disparo y elegancia. Sobre todo, elegancia.  En 1956 recaló en Botafogo, donde sumó otro Carioca (en Flu había ganado uno) y anotó más de cien goles en los trescientos partidos que jugó. Según Jorge Valdano lo increíble de los genios es que transmiten una sensación de naturalidad incluso cuando hacen lo imposible. Didí, por encima de todo, tenía esa virtud que solo poseen las grandes estrellas: hacer cosas extraordinarias desde la sencillez más absoluta. Una sencillez que en ocasiones se confunde con la indolencia. Nada más lejos de la realidad. Es la serenidad del que sabe que ejecutará con maestría aquello que se proponga. 

Fue en la selección brasileña donde Didí alcanzó la gloria futbolística y donde demostró que el desinterés en el terreno de juego no era lo suyo. Debutó en el Brasil postmaracaná, un conjunto que creció desde este fracaso hasta alumbrar a una de las mejores generaciones de la historia: Didí formó delantera con Pelé, Zagallo, Garrincha y Vavá. Debutó en el Panamericano de 1952 pero fue el mundial de Suecia de 1958 el que abriría la senda del éxito de la mejor selección de la historia. Sin embargo, fue la clasificación a la cita mundialista la que definitivamente coronaría a Waldir Pereira en el fútbol brasileño. Con empate a cero, Didí ejecutó una falta con un disparo peculiar, la famosa “folha seca”, que engañó al portero. Ese gol valdría la victoria y el pase al Mundial.

Precisamente fue en la final de esa cita frente a la anfitriona en la que Didí mostró el rasgo que mejor le definía. Tras adelantarse el combinado sueco nada más comenzar el partido y la sombra del fracaso volvía a cernirse sobre la Canarinha, Didí agarró el balón de las mallas y caminó lentamente hacia el centro del campo como si jugara una pachanga en su Río natal. Su compañero Zagallo, desesperado, le increpó, a lo que Didí respondió: “calma, muchacho, nuestro equipo sigue siendo mejor que el suyo. Tranquilo, que este partido lo remontamos”. Sabía que el tiempo no podría con la clase. No se equivocó. La “seleçao” venció 5-2. Con esa misma serenidad (y un inmenso talento) fue nombrado mejor jugador del campeonato. Por encima de Pelé, el cual, en esa misma cita declaró: “Yo no soy nada comparado con Didí. Nunca llegaré a los pies de Didí. Él es mi ídolo, mi referencia”. Casi nada.

El mismo Pelé el que reconoció que Didí era el inventor de la paradinha”. Otro reflejo del carácter de Didí que, en momentos de máxima tensión como un penalti, fue capaz de parar en seco para engañar al portero y ejecutar más sencillamente el lanzamiento. Pero si algo ha quedado para la historia fue la “folha seca” que patentó y que le hizo mundialmente conocido. Una suerte de tiro lejano a la que llegó por casualidad, por un dolor de tobillo que le impedía disparar con normalidad. En una entrevista al diario As recordó la solución que adoptó ante el dolor: “Me di cuenta de que si pateaba con la punta cortando el balón por el centro no sentía dolor y el balón hacía curva y caía”. Su caída, como una “hoja seca”, lo convirtió en un tipo de disparo inverosímil y que ha valido su recuerdo a lo largo de la historia.

En 1959 dio el último paso que le quedaba en su carrera. Dar el salto a Europa en un momento en el que no era tan común la llegada de jugadores sudamericanos al viejo continente. Didí sí lo hizo, quizá probando un nuevo fútbol donde escapar de la alargada sombra del Santos de Pelé. Recalaba en el mejor escaparate posible, el Real Madrid. Una constelación de estrellas que arrasaba en Europa, comandado por el otro gran tótem futbolístico del momento: Di Stefano.  Pero su confianza ilimitada en el talento de sus pies chocó con un fútbol diametralmente opuesto al desenfado brasileño. El propio Alfredo representaba el futbolista antagónico: también poseía una clase inmensa, pero la apoyaba en un trabajo constante que le llevaba a ejercer de defensa, centrocampista y delantero. Un futbolista total frente al genio romántico incomprendido. En una entrevista posterior reconocía que nunca se adaptó a la filosofía de juego: «A los españoles les encantaban los jugadores que entraban en plancha, que caían al suelo. Y yo nunca le hice un barrido a nadie. Salía del campo con la camiseta y las medias limpias, y ellos no lo entendían. Tenía que meter la mano en el barro y pasarla por la camiseta”, contó, sin perder la nobleza, ni siquiera en la entrevista. “¿Y de qué valía todo eso, si yo llegaba arriba y habilitaba a los delanteros delante del arco? Pero ellos se enojaban”. Luego se preguntaba de qué valía eso, si después regalaba goles a los delanteros. No fue suficiente y en apenas un año regresó a su tierra sin pena ni gloria. España no era lugar para su poesía.

Botafogo le recibió con los brazos abiertos, donde volvería a ganar dos campeonatos cariocas y pudo levantar una segunda Copa del Mundo, ganando 3 a 1 a Checoslovaquia y en la que una vez más tuvo un papel destacado. Acabó su carrera en Perú y México, primero en Sporting Cristal donde además de jugador probó suerte como entrenador y colgó las botas en los Tiburones Rojos de Veracruz. Como entrenador también desarrolló una larga carrera. Fue capaz de transmitir su talento desde el banquillo, especialmente en Perú, donde tras un nuevo paso por Sporting Cristal llevó al combinado nacional a unos cuartos de final en el inolvidable mundial de 1970. Sin duda, la mejor selección peruana de la historia. Continuó su paso por River Plate, Turquía, Arabia Saudí y como no, Brasil.

¿Se le puede considerar uno de los grandes jugadores de la historia de Brasil? La legendaria figura de Pelé y el recuerdo mítico de Garrincha, además de su paso fallido por España, han eclipsado su figura. Pero sin duda, en un país plagado de estrellas, Didí es una de ellas. Falleció en 2011 en Río de Janeiro a los 72 años. Se le rindieron homenajes en todo el mundo, incluido un minuto de silencio en el Santiago Bernabéu. Pero el mejor se lo hizo el periodista brasileño Nelson Rodrigues. El gran cronista futbolístico de su tiempo lo apodó “El príncipe etíope”. “Didi trata el balón con cariño. Parece, a sus pies, una orquídea singular y sensible, que debe ser cultivada con refinamiento y deleite», escribía el periodista en una de sus crónicas. Y es que su elegancia evocaba las maneras de un miembro de la realeza. 

La Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) lo ubica en la selección sudamericana del siglo XX y como el séptimo mejor jugador brasileño del siglo pasado. Su legado siempre permanecerá en el recuerdo como uno de los mejores futbolistas de la historia. 

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