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El jugador número 12: el legado de la afición

El fútbol y sus aficionados pueden hacer suya esa frase de «solo el pueblo salva al pueblo». Porque solo la afición salva al fútbol. Mientras jugadores, directivos o entrenadores pasan, el aficionado siempre permanece. La importancia de los fans ha ido perdiendo fuerza en post del capitalismo inamovible del mundo del fútbol actual. Este es un pequeño homenaje a la pieza fundamental de este deporte: sus aficionados. El reconocido jugador número 12.

Porque no se puede entender el fútbol sin los aficionados. No se entiende sin esos padres y madres llevando a sus hijos al campo un domingo. Esa familia que se reúne para ver el partido de su equipo. Las grandes noches recibiendo a los jugadores a la llegada al estadio. Esos amigos que se juntan como tradición para las jornadas de Champions. Porque el fútbol tiene el poder de dar un nexo común y unir a personas radicalmente opuestas alrededor de unos mismos colores. Esa unión da voz, alma y hace mucho más fuerte al equipo. Y a lo largo de la historia se ha demostrado que ese legado de unión ha dado alas al equipo en situaciones favorables y lo ha levantado cuando más lo necesitaba.

Porque la comunión afición – jugadores puede ganar partidos y campeonatos. No son pocas las selecciones que consiguieron sus campeonatos continentales e internacionales cuando lo disputaron ante el calor de su gente. La Inglaterra de Bobby Charlton en el 66. La Argentina del Matador Kempes en el 78. O la Francia de Zinedine Zidane en el 98 consiguieron su primer mundial delante de su público.

Quien juega en casa siempre tiene esa ventaja: alguien que le arrope, le levante, le lleve en volandas y celebre sus éxitos. Porque con la afición de tu lado es todo mucho más sencillo. Y hay pocas cosas más bonitas y emocionantes en el fútbol que el momento del himno del equipo o selección. Un momento de unión entre afición y jugadores que puede marcar el encuentro.

Y a lo largo de la historia ha habido muchos momentos y partidos que así lo han demostrado. Quedará en la memoria, sobre todo en el imaginario colectivo del fútbol brasileño el día en que Brasil pasó por encima de España en la final de la Copa Confederaciones de 2013. Allí empezó la goleada en el momento en que Maracana comenzó a entonar el himno brasileño. 84 738, los jugadores y el cuerpo técnico de la selección brasileña se unieron en una liturgia que paralizó a la todopoderosa España de las dos eurocopas y el mundial e introdujo a los brasileños en un estado de catarsis que les convirtió en imparables. Ese partido acabó 3-0 pero el primer gol lo marcó la afición.

El «You’ll Never Walk Alone» en Anfield, entrar al Westfalenstadion del Borussia Dortmund y ver ese muro amarillo lleno de 25.000 personas animando, los cimientos de la Bombonera temblando en un derbi ante River o la atmósfera que se forma en el Santiago Bernabéu en las grandes noches de Champions son claros ejemplos del impacto de los aficionados en un campo de fútbol. Algo que la pandemia mundial del Covid nos privó un año y medio. El fútbol no paró pero sí el fútbol con aficionados. Y el deporte rey perdió su alma.

La vuelta progresiva de los aficionados al campo nos ha dejado imágenes tan bonitas como la que vimos en el campo de Fulham donde los jugadores cottagers celebraron el gol en la grada con un chico con parálisis cerebral que había sido víctima de cyberbullyng. O las que se vivieron en Anfield y su primer «You’ll Never Walk Alone» en 515 días en un amistoso ante el Athletic Club de Bilbao. Porque el fútbol sin emoción es mucho menos fútbol. Y porque el fútbol sin caminar junto a sus aficionados sí que es mucho menos fútbol.

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